domingo, 18 de marzo de 2012

La imperfección




Si concebimos la noción de imperfección como el ser y la perfección como el no-ser, ¿por qué nuestras vidas se preocupan tanto por lo que no es y olvida lo que se es?


El mundo está plagado de ideales, y de paradigmas que están más cerca de
lo inverosímil que de lo palpable, de lo concreto. La perfección con la que
tanto se sueña, imposible de alcanzar por cierto, nos lleva a tal punto que
vivimos en unos sueños que están hechos de los mismos materiales que nuestras
pesadillas.

¿Por qué no basar nuestra vida desde la imperfección del ser? La noción
de imperfección del ser, hace perfectible al ser, porque se lucha por lo que se
quiere ser, dejando al ser-en-sí aislado, convirtiéndonos en un ser-para-sí,
conscientes de nosotros mismos, de nuestro mundo.

Existe una gran diferencia entre el deber-ser y el querer-ser, el
primero trae como consecuencia actos, hechos que validen ese deseo de algo, es
decir, es el hombre quien lucha por sus ideales partiendo desde la base que
nunca su ideal satisfará su noción de ideal, porque el hecho se apoya en la
imperfección, es imperfección.

El segundo, por el contrario, se queda en el deseo narcisista de merecer algo, de querer poseer algo, sin actos, solo con ideas, mientras la vida del hombre se concibe como un cumulo de actos, no de deseos inalcanzables.

¿Por qué no basar nuestra concepción de "amor" desde la imperfección del ser? Es la concepción de amor, la que mata el amor. Todo ser que desea y/o ama a una persona, desea que su persona sea lo que él quiere de ella, es decir un ideal-de-persona, obviando a la persona, matándola, dejando como estandarte el no-ser por encima del ser.

El paradigma de amor de cada persona tiene connotaciones perfectas,
mientras se desea a un ser perfecto como pareja, el ser imperfecto llena ese vacío
llamado "amor", generando insatisfacción, generando disgustos, porque se aspira a que llegue una persona que ocupe el lugar del paradigma, de nuestro paradigma, algo que nunca sucederá, por una sencilla razón, el paradigma insinúa no-imperfección, y la persona es una mezcla de imperfecciones constantes.

Una frase de la grandiosa película El séptimo sello de Ingmar Bergman explica estupendamente lo dicho: "Si todo es imperfecto en este mundo imperfecto, el amor es lo más perfecto de todo, precisamente por su perfecta imperfección."

Muchas veces se basa la existencia aplazando la existencia, esperando a algo que puede suceder, pero que no hacemos nada porque suceda. Recordemos que el futuro es consecuencia del pasado (Historicismo hegeliano), y de nosotros depende si estos ideales se quedan en simples juramentos infantiles o se convierten en los primeros presagios de un destino, pero un destino labrado por las acciones.
Nuestra vida se desliza lentamente, y en ciertos momentos nos debemos preguntar, ¿hacia dónde vamos? ¿hacia La Nada? ¿aquellos ideales (perfectos), se quedaron en deseos-de-ser, es decir, en nunca serán?

Se pensará que es una concepción un poco pesimista de la vida, pero es todo lo contrario, es una visión de legitimar la existencia de cada ser. Séneca decía: "Si no deseo nada ni espero nada, no sufriré ninguna decepción"; Tan loco no estaba y en cierta parte estoy de acuerdo con este gran filósofo estoicista, pero no se puede generelizar esa frase, con la educación y la política se debe exigir algo, se debe esperar algo, aunque más que esperar, se debe luchar por una mejoría diaria en pro del bienestar de la humanidad.

En muchas ocasiones se sueña más de lo que se vive, se quiere convertir lo imperfecto en perfecto y lo irreal en real, obviando que somos seres basados en límites, creyendo que el otro es un objeto de nuestro mundo, es un deber-ser-perfecto (no-ser), pero nosotros solo somos y seremos un conjunto de imperfecciones en busca de mejoría y bienestar, pero siempre basándonos en actos, no en ideales. La vida es vivir existiendo, no vivir idealizando.

Es ese mismo deseo por la perfección lo que nos lleva a la angustia, a la desesperación, a la nada... y la única manera de combatir eso es viviendo. La gran muestra que somos seres imperfectos es la muerte, el único fenómeno con la capacidad de ser y no-ser al mismo tiempo.

"Solo se vive una vez, y solo una vez se muere. La existencia es un gran acontecimiento" Los nadaístas

Ricardo Madrid Builes
@ricardomadbui

jueves, 9 de febrero de 2012

Memorias de la Distancia

"Tengo un pacto de amor
con la hermosura.
Tengo un pacto de sangre
con mi pueblo."

Pablo Neruda. Poeta Chileno.


-Para el anónimo mensajero que hacía llegar las cartas de enamorados, aquellos días confusos del año de las idas y nunca regresos. Para David Sánchez, que hoy, 34 años después, no ha vuelto a ver el parque donde pasaban al mismo tiempo su juventud y la mujer de su vida.


>Todo cambió totalmente el día de su cumpleaños. Fue 27 de noviembre. El año no importa ya. Lo acostumbrado en el tipo de días especiales como esos, era compartir en una pequeña reunión con los familiares más cercanos, una merienda, en el patio amplio, luminoso y lleno de árboles de su casa, con una copa de vino y el pastel que indica la tradición. Eran tiempos complicados en el país y se notó a la hora de los rituales comunes. Nunca tuvo una familia con capacidades monetarias importantes, pero siempre llegaban hasta la mesa principal que sacaban al jardín, alguna pulsera chapada, un par de camisones de dormir, un edredón de colores vivos y cosas por el estilo. Ese año fue todo más parco, menos alegre, más tenue que nunca. Ya en el ambiente se sentía la tensión. Nadie decía nada, pero él no era un niño y su adolescencia estaba casi convertida en adultez, en la facultad se escuchaban cosas y se leían ciertas consignas en los pizarrones antes de que el profesor las borrara, rápido y sigiloso, hipócrita, como si no pasara nada. En aquella ocasión los únicos regalos que recibió fueron abrazos demasiado sinceros, como si invitaran a una despedida que no se entendía. El entorno era de cambios bruscos, pero ese dejo de separación que sentía en cada "felíz cumpleaños" le descolocaba los pensamientos de por sí revueltos. No cantaron como en otros años y no brindaron como en otros festejos. Fue todo muy rápido y antes de que el sol se pusiera y los últimos primos dijeran adiós, su tío, (hermano de su padre, casi un desconocido, uno de esos cercanos parientes que no se conocen porque la apatía es más grande, qué errores juveniles) un tipo alto, medio calvo, siempre de saco, con su sonrisa tan joven, tan esperanzada, como si estos tiempos sirvieran para alimentarlas, le entregó un sobre amarillo, donde venía un libro cuyo título no pudo leer en el momento. Antes de siquiera intentar sacar el contenido del sobre, le dijo que era mejor que lo hiciera en privado. Que se trataba de una cosa demasiado importante como para hacerlo enfrente de su madre.
Cuando se fueron todos, y cuando su progenitora clausuró la puerta de su estancia, como lo hacía todas las tardes desde que su padre había muerto, sació curiosidades. Desprendió el libro de la opaca cubierta de plástico rápidamente y pudo leer el título, que lo dejó un tanto confuso, la "Invitación al nixonicidio y alabanza de la Revolución Chilena", de un tal Neftalí Reyes, Premio Nobel 1971, aquel poeta que siempre ayudaba a conquistar a las muchachas más románticas de la Facultad. Un libro que desconocía del todo.
Mucho tiempo después supo quién había sido Nixon, y cómo se sucitaron los acontecimientos en La Moneda, pero en ese momento fue el cambio de todas las formas de interpretar la vida, su vida, la de todos. Abrir los ojos a la realidad de su país, nuestro continente. La explicación de por qué tantos susurros, tantos miedos, tantos insomnios, tantas inseguridades, tantas desconfianzas, tantos planes y tantos sueños, aquel año que un libro le cambió la vida, le hizo vivirla entera, dura y pura.
Y ahora sí, ser participe de las causas, repartir hojas clandestinas (hechas en mimeógrafo) a personas a las cuales no debía ver a la cara, olvidar direcciones y puntos de encuentro. Pensar, pensar, pensar. Abrirse al verdadero momento de su patria, de su gente. Entender por qué había que ocultarse, por qué todas las noches uno tenía que quedarse a hacer guardia. Sentir el frío calando los huesos si un cana volteaba a verlo, si Alberto no llegaba y los nervios de que lo hayan agarrado. La explicación de por qué el temor a salir de casa aunque esta vez sea solo para ir al nuevo cine con Fernanda. Hacerse el fuerte, aguantar la bronca por no poder defender a los suyos como quisiera, cuando te contaron que lo habían matado a patadas a Villegas, el nene que alternaba contigo las noches de vigilia cuando ya estaba todo por estallar, cuando el cielo marcaba la hora de la verdad, no la de uno ni la de algunos, la de un país, la de un continente al que siempre le costó, al que no se la hicieron fácil. Entender con la poesía que el sentido de momento histórico era en ese lugar y tiempo, obligatorio. Que habían cosas que tenía que hacer, aunque fueran las imposibles, aunque costaran la vida, aunque la derrota estuviera marcada como único destino. Entender que esa derrota asignada tenía que ser combatida, que no servía de nada aparentar, ni hacerse el ciego ante lo que pasaba.
Convencerse que la literatura debía y debe comprometerse, debe escoger su camino, debe afirmarse de su lado del río. Aunque siempre le hubieran enseñado que no debe tomar partido, que debe ser ajena, que debe mantenerse al margen. Ese año y el siguiente, y cada uno después de aquel, entendió que muchas cosas que le dijeron habían sido viles mentiras, pósters falsos de prosperidad inventada.
Su vida cambió el día de aquel cumpleaños. La vida le dolió, se partió en dos (en cuatro, en mil) cuando lo escondían en el porta-equipajes de aquel Ford en el que fue llevado a la frontera más cercana, donde lo soltaron los compañeros de meses de resistencia, la última frase, un adiós disimulado por la tristeza, rabia, impotencia de no poder quedarse con ellos, hombro a hombro, a lo que viniera.
Un libro de poesía que provocó tantas cosas en una persona totalmente ajena a su contexto político y social. Un libro que pudo romper todas las barreras. Las convicciones e ideales que ayudan a su país, aún tomado, aún amordazado, a seguir intentándolo.
A jugarse todo aunque ya les hayan contado el final. Los que hacen todo lo que pueden "desde afuera" para contar la verdad de la dictadura, los que siguen desde adentro aunque estén lejos, los que aprendieron que Libertad es una palabra viable, válida y justa, los que leen libros de poesía, los que aún tantos años después sueñan con volver a la misma plaza donde alguna vez cantaron, se emocionaron, donde alguna vez también se enamoraron. Los que siguen pensando que hay ciertas cosas que uno no puede dejar de hacer cuando se trata de momento histórico y de pactos de sangre y amor, de hermosura y revolución.

jueves, 2 de febrero de 2012

La gran batalla



Recuerdo aquel 14 de julio de 1982, ese fue el día del regreso a mi país, a mi pueblo, a mi casa, hacía un mes los soldados argentinos habían cedido ante nuestras amenazas y retiraban su ejército de las Falklands, y nosotros los ingleses, nos proclamábamos vencedores de una guerra que no tendría nunca a nadie como triunfador, 255 muertos y 777 heridos, entre los fallecidos se encontraban mis dos hermanos, Phil y Steven, lo que demostró que fue más lo perdido que lo ganado. Ese 14 de julio, el Reino Unido me recibía como un héroe nacional, me proclamaban como un símbolo de la patria, pero, ¿cuál patria? mi patria ya no existe, mi verdadera patria era mi familia y se ha extinguido, ¿qué me importa a mí unos seres que no han hecho nada por mí? Ellos celebraban, mientras yo lloraba; pensaba, mientras sonreía falsamente ante la multitud que fue a recibirme en el aeropuerto Internacional de Manchester.




Paradójicamente el 2 de abril, día en el que emprendimos nuestro viaje a Las Malvinas, en ese mismo aeropuerto, sólo se encontraba mi madre, rezándole no sé a quién, ni para qué; si igual mis hermanos terminarían como terminó mi padre en la segunda guerra mundial en manos de los alemanes, ¿pero qué importa? Fueron muertes dignas, murieron defendiendo a la patria, esa misma patria que nunca sabrá sus nombres.

Margaret Tacher, la primera ministra en ese entonces, y su gobierno nos prometieron un montón de beneficios, no sólo a los soldados que participamos en la guerra, sino también a nuestros familiares, este auxilio era tan real como aquel ser al que mi madre le rezaba, era lógico que no recibiríamos ninguna manutención, mientras ella, gracias a nosotros, obtenía su reelección un año después.

Salí del aeropuerto, una vez se terminó el recibimiento -o mejor dicho el circo-, me marché lo más rápido posible de allí, como mi casa quedaba cerca me fui caminando para aprovechar y ver los cambios de la ciudad en los más de tres meses de mi ausencia, mientras hacía el recorrido, la vi a ella, su belleza eclipsaba cuanto había a su alrededor, la seguí por un buen rato sin que se diera cuenta hasta llegar a su casa, observé en su buzón y decía: Miranda Bonelli, sí, Miranda, que hermoso nombre, pensé; cuando reaccioné, recordé que mi madre me esperaba ansiosa en la casa, así que me devolví lo más rápido que pude, pero con atención para recordar el camino que me llevaba a la casa de la hermosa mujer.

Luego de diez minutos, los cuales me los pasé pensando en Miranda, llegué a mi casa, allí estaba mi madre, sentada en el sofá, esperándome, sólo nos dimos un abrazo frío, desde la muerte de mi padre nos acostumbramos al dolor, a morir viviendo, a vivir sobreviviendo, quizá como Baudelaire se acostumbró a vivir solo, nosotros nos habituamos a la tristeza permanente y más ahora, con la muerte de Steven y Phil, pero a diferencia de antes, ahora yo si tenía una razón para vivir, y era ella, esa hermosa chica.

Al día siguiente, como de costumbre, me levanté a las 7:00 de la mañana, tomé un café, me preparé para salir, le di un beso a mi madre y fui a la casa de Bonelli, claro que recordaba el camino, si toda la noche pensé en ella. Llegué, la esperé afuera y luego de dos horas salió para ir a su trabajo, me escondí para que no se alertara de que alguien la observaba; al verla me enteré del verdadero significado de felicidad, no esa impostora de la que hablaban después de derrotar a los argentinos en esa estúpida batalla; este ritual se repitió alrededor de tres semanas.
Después de ese tiempo, me atreví a seguirla hasta su trabajo, el café Cavern, ubicado a 4 cuadras de su casa, me senté en una mesa, la llamé y le pedí que me trajera la carta, el “con gusto” que desprendió de su boca, sonó como si Afrodita me hubiera hablado directamente. Pedí unos bocadillos con un té, platicamos un rato, 2 minutos quizá-los más hermosos de mi vida-, luego la esperé en el restaurante hasta que saliera para su hora de almuerzo, la invité a un restaurante cerca, a lo que ella amablemente me respondió con un si, inesperada respuesta para mí, ya que yo era un soldado y ella la mujer más hermosa del planeta.

Llegamos al restaurante, le pregunté su nombre, como si no lo tuviera clavado en mi mente y en mi corazón, y el motivo de su visita a Inglaterra, porque por su acento se notaba que no era de aquí, ella me respondió que su nombre era Miranda, y que venía desde Argentina por un intercambio a estudiar inglés, le dije que mi nombre era Lorenzo, un estudiante alemán, el cual venía a conocer la ciudad, ¿qué pensaría si le digo que soy un soldado inglés que participó en la guerra de las Malvinas? ¿Qué pensaría mi padre, si me hubiese escuchado decir que era alemán? Igual lo único que me importaba en ese momento, era compartir con ella ese grandioso momento.
Hablamos un buen rato, se despidió fríamente, y recuerdo sus palabras como si me las hubiese dicho ayer:” Mañana me devuelvo para Argentina” esas palabras calaron en mí como un puñal en el corazón, fue mucho más poderosa ella, que mil soldados que no pudieron contra mí…la perdí, sin haberla tenido en mis brazos.

Al otro día, el mismo ritual de siempre, pero esta vez la acompañé al aeropuerto, en silencio, antes de montarse al avión, le entregué una nota que decía: “Quizá no recuerdes mi nombre, pero nunca nadie te va a amar como yo”, la leyó, se rio y el papel terminó en el piso, roto. Me fui, sintiéndome un argentino más, uno de los tantos derrotados.

Y pensar que a un puñado de compatriotas suyos, los vencí y con ella no pude, me derrotó sin utilizar un arma, sólo su belleza

Ricardo Madrid Builes

viernes, 27 de enero de 2012

De paseo por Sodoma








Después de ver las noticias, lanzaría mis pasos injuriosos a alguna rambla, sin destino ni fin alguno, me cansaría de caminar y de ver las intermitencias esporádicas de los semáforos, y esa caricatura que nos domestica a cruzar la calle cuando le place. Luego me montaría en un bus, para irme de viaje por Medellín, me sentaría en el asiento sobre las llantas para recibir cualquier resto de caricia al pavimento tímido.





Me montaría en un taxi de placas dudosas, mimaría con el viento a las prostitutas de San Diego con su esbelto cuerpo viril y famélico, donde prima la necesidad sobre la lujuria. Luego le diría al taxista que atravesara la 80 donde voy hacer a Medellín mía, donde su nave amarilla la fecundará, mientras nos movilizamos lentamente por el tráfico denso; mi corazón escuchará los lamentos y sollozos acallados del conductor, mientras éste, vilipendia a Colombia la licenciosa e hijueputea al inexperto en el volante.





Saciaría mi vista con el circo de las familias europeizadas, mientras cenan en un restaurante de caché, algún plato cuyo nombre no saben pronunciar; después de fecundar a Medellín, iría al mirador de las Palmas, a lanzar por la borda, mis obsesiones y llantos inconclusos, junto con unos cuantos burócratas y una camada de obispos de Santa Rosa de Osos.





El sexo como deporte y catarsis, a ver si levantamos este país de indios pendencieros, por que somos una potencia folclórica, pero cándida, viviendo en una tierrita a la que no hemos aprendido a querer, tumbando al hermano de herencia y de sangre mestiza. Y, finalmente para concluir éste dramático periplo, iría al parque Belén, lugar insulso de lamentaciones seniles, y me sentaría a hablar con un anciano de mente abierta; zarandearía sus recuerdos y me enriquecería de su experiencia rústica y chocarrera, dejándolo muerto de vida.





Ah, y se me olvidaba Envigado, que no tuve tiempo de ir, me fascina su toque pueblerino y aire candoroso de municipio rebelde. Por fin me iré a dormir mientras percibo las inhalaciones de la noche que se acompasan con mi arritmia respiratoria; y luego siento su exhalación , que trae consigo la sordidez de una esquina putrefacta disfrazada de mingitorio público, hospedada por bazuqueros, que la ignorancia y la pobreza acogió desde que fueron concebidos, al igual que el catolicismo se adjudica conciencias que no le pertenecen; en la mañana despertar, y sentir el estupor del hálito primaveral de Medellín, hasta que venga esta lluvia chabacana y desprestigie el nombre de “Eterna Primavera”.




Anónimo

lunes, 9 de enero de 2012

El ser y el miedo


El perspicaz Hobbes escribió una frase terrible, que podríamos repetir todos: "El día que yo nací, mi madre parió dos gemelos: Mi miedo y yo"

El miedo seguramente fue el primer sentimiento en escaparse de la caja de Pandora, y no sólo eso, sino en colonizar la especie humana. Todos absolutamente todos los seres, hemos sentido miedo, y no sólo eso, hemos soñado con la valentía, algo tan efímero como la riqueza o el poder; pero con una gran diferencia, la riqueza y el poder no son primordiales para vivir, la valentía si lo es.

Kiekeggard decía que el miedo era "una enfermedad mortal" , y estoy de acuerdo completamente con él, es una enfermedad que nos mata lentamente y que nos quita la autonomía, cuando el miedo nos cobija no existimos, sólo existe el temor en nosotros, ese "algo" que no nos deja ser y que no solo afecta al individuo como tal, sino a toda una sociedad.

Ese temor nos muestra vulnerables hacia el mundo, pero hemos aprendido a vivir con él, a sobrevivir a pesar de el.
Existen muchos miedos y cada uno de ellos obliga al ser humano a ser valiente, a olvidarse de ese molde apaciguador que obliga a acostumbrarse de ese temor y a salir adelante.

El miedo a la muerte es algo natural, algo que convive con nosotros y que no nos deja tranquilos. ¿Pero por qué pensar tanto en la muerte, olvidándonos de vivir? Tememos a ese día, pero paradójicamente pensamos más en ese día que en la propia vida, entonces a ese pensamiento le llamo yo "vértigo"; es decir, pensamos en "caer", pero hacemos todo lo posible para no "caer". Odiamos el no existir, el dejar este mundo, dejando de un lado el existir, simplemente viviendo.

Otro de los grandes miedos es el miedo al fracaso, al no cumplir las expectativas pactadas con anterioridad, es claro que la necesidad de competir con el otro, de tener el éxito sin importar el cómo, lleva a ese miedo. Pero ¿cuál es la necesidad de competir? ¿Quién nos dijo que es una obligación lograr todo lo que nos proponemos? La obligación es hacer todo para lograrlo, no de competir por quién tiene más, quién llega a más, es eso lo que genera el miedo. Si quitamos la palabra fracaso de nuestro diccionario, y la convertimos en "oportunidad", uno de esos tantos miedos desaparecería instantáneamente.

Y el miedo que más me preocupa a mí, es el miedo a ser uno mismo. Nos miramos en un espejo y no nos vemos nunca a nosotros mismos, vemos siempre lo que la sociedad quiere ver en nosotros.
Se nos dificulta pensar, porque no queremos pensar más alla de lo que piense la sociedad, porque a ciencia cierta estamos viviendo, pero no legitimamos nuestra existencia, el hombre debe de ser un ser comprometido, no ente receptor de información, de palabras, de imágenes y sin ideas transformadoras, y es por miedo, por miedo al qué dirán, al qué pensarán. Debemos responsabilizarnos de nuestros actos, y no autoproclamarnos inocentes del mundo.

Cito aquí un magnífico párrafo de Sartre: "Si me dan este mundo con sus injusticias, no es para que las contemple con frialdad, sino para que las anime con mi indignación y para que las revele, y de poder creer que esas injusticias pueden ser suprimidas"

"¿Qué es ser bueno?", se preguntaba Nietzche, a lo que él se respondía: "Ser valiente es bueno" Pero el valiente no es aquel que no siente miedo-ese sería un impávido- el valiente es aquel que no le hace caso a este sentimiento y sigue actuando con criterio, sigue siendo el mismo, olvidándose de lo que la sociedad le impone.

Eso es ser valiente y es algo que se ha perdido y se ha olvidado, la cultura, la sociedad siempre alabará y recordará a aquellos con coraje, que sin importar sus pensamientos diferentes al resto, siguieron por su camino, nunca se recordará a aquellos miedosos que actuaron y dejaron su libertad a la deriva.

El problema es que, paradójicamente, se confunde la valentía con la cobardía, aquel que se cree valiente, porque utiliza el miedo de los otros para llegar al poder, simplemente es un cobarde más con una máscara de osado, pero esa "máscara es, al mismo tiempo traducción del miedo, defensa contra el miedo y medio de difundir el miedo" (José Antonio Marina), es decir, con mostrar esa valentía falsa se acentúa más el miedo propio y el de la sociedad

Yo me pregunto: ¿El miedo tendrá miedo de nosotros? Y la verdad la respuesta no es muy alentadora, porque el sabe que nos está ganando la batalla, que nos tiene en una especie de campo de concentración, que no es Auschwitz y que nos nos mata en cámaras de gas, pero que si nos está quitando ese "Yo" que tiene cada uno de nosotros y que así limita nuestra existencia.


"Cuando a una persona se le convence de que no tiene salida, de que no puede aplicar ninguna solución a su problema , que si actúa malo y si no actúa también, hemos abierto la puerta al pánico o a la depresión; y la depresión no puede existir" José Antonio Marina

Ricardo Madrid Builes
@ricardomadbui

sábado, 7 de enero de 2012

Cuento corto


20 de julio de 1990

Amigo, mi gran amigo:

Empezaré por decir que no me considero un ser humano normal, llevo tantos años desahuciado y huérfano que creo que eso fácilmente explicaría mi rareza. Algunos piensan que estoy loco, yo digo que mi idiosincrasia tiene su historia y me exacerba que quienes me juzgan piensen que por leer una cosa u otra sobre mí en los periódicos ya lo saben todo de mi vida.

Sé que nunca te he hablado mientras hemos estado en esta horrible celda, pero aunque te resulte inverosímil tú has sido mi único amigo y cada que escuchaba tus historias en las noches, lloraba por dentro.

Es por esto que hoy, que quedo absuelto de todos mis cargos, quiero decirte y por primera vez contarte que mi silencio nunca fue desprecio, sólo fue la omisión de muchas palabras que simplemente no creí necesarias, pero que hasta hoy me doy cuenta que quizás tu si las necesitabas para entender la magnitud y el grosor del aprecio que hoy te tengo y que nunca sentiste.

Debo decirte que al principio noté el miedo de tu ojos, ¡Claro!, ¿Quién no tendría miedo de un asesino en serie?, pero con los años vi desvanecer ese brillo que reconozco fácilmente en las víctimas y sentí que olvidaste esas historias que oíste de mí y que hacen parte de mi pasado. (De ese pasado en que el sufrimiento me suscitaba a la tortura). Fue en ese momento cuando me di cuenta que ya sólo exaltabas mi compañía y no sólo ese pasado que matizaba mi humanidad y en el que se podía decir que yo era una bestia.

No creo que nada pueda indemnizar el dolor que causé a muchos, sin embargo no me duele, creo que era necesario que algunos sufrieran y murieran, como lo hizo mi alma en aquel verdusco campo donde asesinaron frente a mis ojos con torturas (Eternas para mí memoria, pero sucintas en el tiempo real) a toda mi familia. Recuerdo bien que sobre la grama ya no verde sino roja juré que los hombres tenían que pagar por mi dolor inmenso.

Han intentado muchos psiquiatras hacer una coalición para investigar mi caso y bastantes de ellos afirman que sólo quieren coadyuvar para que yo sea normal, sin embargo en su intento de ayudarme no han logrado nada, mientras que tú con tu simple presencia me has hecho sentir cosas que supongo sienten los seres humanos normales. Me cuesta mucho ser coercitivo entre pensamientos y palabras (Ya lo has notado con mi última confesión), pero es que creo que no merezco las palabras, sin ánimo de ser hereje sólo con el ánimo de darles un adjetivo benevolente creo que son diosas inalcanzables para una bestia como yo, y es por esto que soy bastante inhibido para hablar. Por primera vez siento tranquilidad, porque puedo explicarte que el silencio no es odio y porque sé que ahora tú entiendes algo corto sobre mí.

Hoy con esta carta me despido de ti, de mis cargos y de la vida (He encontrado la manera de deshacerme de ella); después de 20 años de silencio en tu presencia, te digo: gracias amigo. Y me digo a mi mismo: Ojalá no exista el infierno.

PD: Sé que conocías mi nombre, pero nunca te lo dije yo mismo…. Fui Carlos y fue un gusto conocerte.

Tu compañero de prisión.

Mariana Peláez Rojas

@MariPelaezRojas

jueves, 5 de enero de 2012

-No Motivos de Una Guerra Innecesaria-


A Héctor Belascoarán, al que le debo el descubrimiento del DF de verdad, de las luces de neón y las primeras excursiones a esa jungla que significa la ciudad más grande del mundo. Protégenos, querido detective, que no arda la ciudad, que no nos gane la indiferencia.

"Las democracias de América Latina no acabarán con las drogas, pero las drogas pueden acabar con la democracia de América Latina" Fernando Savater
"El horror no puede ser normalizado" Juan Villoro

Se habla tanto de números, de datos, de que si unos van ganando (no se entiende la estupidez de los líderes para que digan que vamos ganando algo que nadie puede ganar: una guerra absurda, cínica, ficticia) y de que si otros no tienen nada qué perder. Suena tan frío, tan estremecedor hablar de números y más números para validar lo que nadie aprueba: ellos dicen que avanzamos y lo único que sentimos, lo que verdad pasa, es que nos hundimos. Y cuando las organizaciones valientes alzan la voz, esa voz que se hace escuchar, es inmediatamente silenciada. No como hacían ( y hacen) las dictaduras opresoras, no. Lo hacen sistemáticamente. Lo omiten en los noticieros. Lo borran en las redacciones. Ya sea por los que se supone nos protegen, por los que saquean un país vencido, arrodillado, o por los que piensan que cualquier negocio es válido porque en un país sin reglas, ese es el mensaje que hay que captar.

Qué es esto que siento sino impotencia mezclada con desconsuelo. De gritar y gritar, de exigir y proponer, para que no sirva de nada. Para que los que dictan el futuro de todos, esos pocos agentes al servicio de los dueños del mundo, no oigan sino lo que les convenga. Los que nos invitaron a escoger nuestra manera de morir, siempre y cuando sea lo menos digna posible. Los que ponen entre ellos y nosotros, los muchos, los del otro lado del portón, del lado de afuera, una barrera que se alimenta a diario de burocracia, de clasismo, de discriminación, de corrupoción, de prepotencia.

Esto que siento entonces es agonía, porque no es mi familia todavía, pero si mi país, es mi gente, mi pueblo, el del color de la tierra, el mío; esa lenta y dolorosa agonía de ver a diario muerte más muerte, y sin embargo los buitres de trajes oscuros y camionetas blindadas, en sus delirios de grandeza, intentan pintar de patriotismo lo que hacen. Maquillan la realidad nuestra cada día con spots ( y con programas de tv que cuestan varios miles de dólares) divinos, con mensajes heroicos en una guerra que sólo los que están protegidos de sus daños y consecuencias quieren librar.

Porque son mas de 60.000 muertos, y un numero no puede explicar la angustia y el llanto de una madre, el tormeno del compañero, la ausencia del hermano. Pero sí explica las mentiras, las suyas, las burdad y sucias mentiras que ellos, que se creen dueños de un país que hace mucho tiempo secuestraron, inventan para hacernos creer que esto es "lo que se debe haer". Su mesianismo sin límites para ponernos al servicio de la muerte, que acecha aquella esquina, la más cercana, estos días confusos. Y ustedes sonriendo desde el pedestal seguro que se compra a cambio del alma. A cambio de una dignidad que intentan desterrar a como de lugar.

Cómo explico estas ganas de romperlo todo, de dejarlo todo. De decir basta, pero basta en serio, hacer algo, correr, indefinidamente correr, para no sentir el punzante cuchillo de muertos desconocidos pero propios, de gente lejana, pero que comparte un mismo sentir, una misma desesperanza; para no sentir las lágrimas surcando mejillas, miles de mejillas, miles de gotas saladas que no encuentran una razón, una verdad, para justificar tantas malas noticias. El sol sale para todos, y no sirve ni para calentar los brazos. No sirve en este país, el de la impunidad, que tengamos un ejército en las calles provocando más daños que los que ya teníamos noticia. Y que ni siquiera a ellos podamos juzgar, hacer responsables de sus actos. Que los que se hacen llamar "defensores del estado mexicano"solo provocan más terror y desasosiego. Más injusticia todavía.

Las palabras comunes (impotencia, rabia, dolor, enojo) que por mucho que se repitan no pierden color ni consistencia, no pierden potencia ni se olvidan ni son una mala película o una pesadilla de las peores. Porque no hay otra cosa, es esto, aquí estamos y no sabemos a dónde vamos, no sabemos a dónde nos dejamos arrestrar. Porque queremos tomar las riendas y el enemigo ( que tiene nombre propio y aun así no sabemos a quien le tiramos tanta bronca suelta en la saliva, en la boca, en el estómago) se siente poderoso, es poderoso, y los que deberían hacer algo no hacen nada, tratos, palabería, en todo caso. El enemigo tiene nombre y sin embargo el que se dice estado parece ser una cabeza en ese cuerpo indefinido que arrasa y se lleva todo, dejando sangre y dejando cuerpos mutilados y anuncios, nombres estrafalarios, deudas de un país que hizo como que la virgen le hablaba cuando el problema estaba ahí.

Cómo te explico entonces las noches con silencios interrumpidos por las balas que zumban, los perros que ladran de miedo mismo, el peligro latente de que a mi casa (la tuya, la nuestra, la de cualquiera que se esfuerza por no decaer) le toque la desgracia de estar señalada. De que los judiciales no hagan otra cosa que levntar, que exprimir saldo de donde quiera que encuentren una víctima más para sus propios beneficios.

Cómo explicar que sales a la calle con la incertidumbre de saber si será la última, si volverás a ver a Pedro el vecino, a Ignacio tu sobrino, a tus hijos cuando los llevas a la escuela, qué puta vida, me digo, qué jugarreta maligna se conjura para que siempre seamos los mismos los que sufrimos estas cosas, este aguantar el respiro, el silencio siempre amenazante.
La cólera recorriendo el cuerpo entero no sirve para frenar tanta injusticia y tantos años de ser siempre los mismos, los que condenados van a escoger la forma de perder.

Y cómo explicarte que aún en medio de tanta desolación la gente todavía se enamora, todavía responde mensajes de amor, todavía se besa y abraza con sus seres queridos. Todavía sonríe aunque el día pinte para ser un día igual, otro día idéntico, lleno de peligro y de querer llorar lágrimas que valgan la pena, que sirvan de algo.
Que todavía tenemos a Andrés Manuel, al movimiento de Javier, las brigadas culturales de Paco, la esperanza que tenemos que hacer nosotros, solos como siempre, pero nosotros.
Tenemos a los activistas, a los que siguen insistiendo y dan el verdadero ejemplo, a pesar del peligro. A esos periodistas (hombres y mujeres) valientes peleando por contar la verdad, por decir los que otros callan, lo que otros cobran por callar. Nos tenemos a nosotros mismos. Y eso no lo hemos valorado.

Las balas siguen sonando. ¿Hasta cuándo? Hasta que nosotros queramos Manuel González Vargas