con la hermosura.
Tengo un pacto de sangre
con mi pueblo."
Cuando se fueron todos, y cuando su progenitora clausuró la puerta de su estancia, como lo hacía todas las tardes desde que su padre había muerto, sació curiosidades. Desprendió el libro de la opaca cubierta de plástico rápidamente y pudo leer el título, que lo dejó un tanto confuso, la "Invitación al nixonicidio y alabanza de la Revolución Chilena", de un tal Neftalí Reyes, Premio Nobel 1971, aquel poeta que siempre ayudaba a conquistar a las muchachas más románticas de la Facultad. Un libro que desconocía del todo.
Y ahora sí, ser participe de las causas, repartir hojas clandestinas (hechas en mimeógrafo) a personas a las cuales no debía ver a la cara, olvidar direcciones y puntos de encuentro. Pensar, pensar, pensar. Abrirse al verdadero momento de su patria, de su gente. Entender por qué había que ocultarse, por qué todas las noches uno tenía que quedarse a hacer guardia. Sentir el frío calando los huesos si un cana volteaba a verlo, si Alberto no llegaba y los nervios de que lo hayan agarrado. La explicación de por qué el temor a salir de casa aunque esta vez sea solo para ir al nuevo cine con Fernanda. Hacerse el fuerte, aguantar la bronca por no poder defender a los suyos como quisiera, cuando te contaron que lo habían matado a patadas a Villegas, el nene que alternaba contigo las noches de vigilia cuando ya estaba todo por estallar, cuando el cielo marcaba la hora de la verdad, no la de uno ni la de algunos, la de un país, la de un continente al que siempre le costó, al que no se la hicieron fácil. Entender con la poesía que el sentido de momento histórico era en ese lugar y tiempo, obligatorio. Que habían cosas que tenía que hacer, aunque fueran las imposibles, aunque costaran la vida, aunque la derrota estuviera marcada como único destino. Entender que esa derrota asignada tenía que ser combatida, que no servía de nada aparentar, ni hacerse el ciego ante lo que pasaba.
Su vida cambió el día de aquel cumpleaños. La vida le dolió, se partió en dos (en cuatro, en mil) cuando lo escondían en el porta-equipajes de aquel Ford en el que fue llevado a la frontera más cercana, donde lo soltaron los compañeros de meses de resistencia, la última frase, un adiós disimulado por la tristeza, rabia, impotencia de no poder quedarse con ellos, hombro a hombro, a lo que viniera.
Un libro de poesía que provocó tantas cosas en una persona totalmente ajena a su contexto político y social. Un libro que pudo romper todas las barreras. Las convicciones e ideales que ayudan a su país, aún tomado, aún amordazado, a seguir intentándolo.
A jugarse todo aunque ya les hayan contado el final. Los que hacen todo lo que pueden "desde afuera" para contar la verdad de la dictadura, los que siguen desde adentro aunque estén lejos, los que aprendieron que Libertad es una palabra viable, válida y justa, los que leen libros de poesía, los que aún tantos años después sueñan con volver a la misma plaza donde alguna vez cantaron, se emocionaron, donde alguna vez también se enamoraron. Los que siguen pensando que hay ciertas cosas que uno no puede dejar de hacer cuando se trata de momento histórico y de pactos de sangre y amor, de hermosura y revolución.





